Opinión
València05 AGO 2026 6:00
Reflexiones de un profesor que se despide
Profesores observan a los alumnos con prendas alusivas a la
huelga. / J.C.
Tras una larga trayectoria en la docencia, cuarenta y un
años impartiendo clases, ha llegado el momento de mi despedida de las
aulas. Desde pequeño viví muy de cerca la educación ya que en mi familia
tenía grandes referentes como profesores. Con veintitrés años me enfrenté por
primera vez a una clase de adolescentes. En la Facultad de Filología nadie me
había enseñado lo que tenía que hacer con ellos por lo que tuve que
autoaprender, dejándome aconsejar y experimentando en las clases, en ocasiones
con errores y también con aciertos. Desde el principio tenía muy claro que no
iba a ganar mucho dinero en esta profesión, pero no me importó lo más
mínimo. Ser profesor, para mí, se convirtió en una forma de vivir.
He tenido la suerte de trabajar en lo que me gustaba y he conocido a muchísimas
personas a las que espero haber aportado algún granito de arena en su
formación.
La vida de los profesores de mi generación ha transcurrido
en una época en la que las transformaciones en el mundo de la docencia y en la
sociedad han sido vertiginosas. Hemos tenido que estar en constante reciclaje
para poder ir amoldándonos a los nuevos tiempos que enseguida quedaban
obsoletos. Los ordenadores, los móviles, internet, Google y las redes sociales
nos asaltaron en el camino. Pasamos de la máquina de escribir a la inteligencia
artificial en un tres i no res. Nuestros alumnos y también
nosotros fuimos tiranizados por las pantallas. Nuestra forma de dar clase
tenía que adaptarse en una constante improvisación mientras nos atormentaban
los cambios de leyes educativas dependiendo de quien gobernara, siete leyes
educativas desde 1985. Los políticos han sido miopes pues no han sabido establecer
una sencilla ley que tuviera en cuenta las necesidades reales y naciera con
voluntad de perdurar muchos años. En estas cuatro décadas se ha
repetido el mismo error: los que legislaban y no entraban en las clases nos
decían cómo teníamos que darlas.
Mi gran objetivo como profesor fue desarrollar el
pensamiento crítico en los alumnos. Fomentar el juicio reflexivo está en el ADN
de la mayoría de los profesores, por ello los docentes, en el mundo actual,
somos muy peligrosos. Recientemente, por desgracia, hemos podido ver por los
suelos a una profesora jubilada, metáfora perfecta del estado calamitoso de una
profesión infravalorada y actualmente menospreciada por algunos sectores
sociales cada vez más apoyados. Los enemigos de nuestra profesión son
la fatiga, el desánimo, la impotencia que en ocasiones sentimos y la hostilidad
ambiental. A ello, no menos grave, hay que añadir la masificación en las
clases, la burocracia excesiva, las infinitas horas de corrección, la escasez
de personal para trabajar y la cada vez mayor diversidad en las aulas.
Dejo esta profesión esperando haber podido aportar algo
positivo a la educación de muchas promociones de estudiantes. Espero que los
fallos que haya podido cometer por decisiones incorrectas mis alumnos los sepan
perdonar y no me los tengan en cuenta. El profesorado actual tiene ante sí un
reto enorme. Es un motivo de esperanza ver el entusiasmo de los
docentes valencianos que quieren que las cosas cambien en la enseñanza.
Somos uno de los pilares de una sociedad que se tambalea y la educación hemos
de cuidarla y mimarla al máximo. En ello nos va nuestro futuro colectivo.
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