Educar para una
ciudadanía digital democrática
La
transformación digital constituye uno de los procesos de cambio más profundos
de nuestro tiempo. Está modificando la forma en que nos informamos, nos
relacionamos, participamos en la vida pública, construimos nuestra identidad y
ejercemos nuestros derechos. Pero la digitalización no es únicamente una
cuestión tecnológica. También plantea preguntas fundamentales sobre la
democracia, el poder, la igualdad, la participación, la sostenibilidad y los
derechos humanos.
Como
coordinadora del proyecto europeo Digital Youth Work – Rights Sensitive,
Open, Accessible and Democratic (DIYW-ROAD) en la Fundación CIVES, he
tenido la oportunidad de trabajar junto a organizaciones de distintos países
europeos en torno a una cuestión que considero cada vez más necesaria: cómo
educar para ejercer una ciudadanía democrática en un mundo crecientemente
digitalizado.
Nuestra
participación en este proyecto parte de una convicción: los desafíos de la
digitalización no pueden abordarse únicamente desde una perspectiva técnica.
Necesitamos también herramientas para comprenderlos desde una mirada ética,
social y democrática. La educación tiene aquí un papel esencial, especialmente
cuando hablamos de las generaciones jóvenes.
Durante
el desarrollo de DIYW-ROAD hemos trabajado para analizar cómo la transformación
digital afecta a la vida de las personas jóvenes y qué recursos educativos
pueden ayudarles a afrontar estos cambios desde una perspectiva crítica,
inclusiva y basada en derechos.
Uno
de los principales resultados de este trabajo es el manual Ir contra la
corriente. De la inercia digital a la ciudadanía activa. Su propio título
resume buena parte del propósito que ha guiado el proyecto: no aceptar como
inevitables todas las dinámicas que se producen en los entornos digitales, sino
aprender a comprenderlas, cuestionarlas y participar en su transformación.
De
usuarios de tecnología a ciudadanía activa
Con
demasiada frecuencia hablamos de los jóvenes como grandes usuarios de la
tecnología, pero esta mirada resulta insuficiente. No se trata solo de saber
utilizar una plataforma, reconocer una herramienta digital o desenvolverse en
las redes sociales. Se trata de comprender qué ocurre en esos espacios, quién
toma las decisiones, qué intereses existen detrás de determinadas dinámicas y
qué consecuencias tienen sobre nuestras vidas.
Algoritmos,
plataformas, inteligencia artificial y sistemas de recomendación intervienen
cada vez más en aquello que vemos, en la información a la que accedemos y, en
determinados casos, en las decisiones que tomamos. Por eso, aprender a utilizar
la tecnología debe ir acompañado de la capacidad para analizarla críticamente.
El
manual aborda precisamente algunas de estas cuestiones: la identidad digital,
la gobernanza democrática de la tecnología, el ecosistema informativo, la
sostenibilidad ambiental y las nuevas formas de participación ciudadana.
Pero
no pretende quedarse en la reflexión. Una de sus aportaciones fundamentales es
ofrecer propuestas metodológicas dirigidas a profesionales de la educación y
del trabajo con jóvenes, para que estas cuestiones puedan trasladarse a
espacios educativos y convertirse en experiencias de aprendizaje y
participación.
La
ciudadanía digital también es una cuestión de derechos
Para
mí, uno de los aspectos más importantes de este proyecto es haber podido
conectar la educación digital con la educación para la ciudadanía democrática y
los derechos humanos. Ambas dimensiones son hoy inseparables.
Una
parte cada vez mayor de nuestra vida social se desarrolla en espacios
digitales. Allí nos informamos, expresamos nuestras opiniones, establecemos
relaciones, participamos en debates públicos y construimos una parte de nuestra
identidad. Por eso, no podemos formar ciudadanos y ciudadanas libres, críticos
y responsables sin prestar atención a las condiciones en las que se desarrolla
esa vida digital.
Del
mismo modo, tampoco podemos hablar de una verdadera competencia digital si esta
se limita al manejo instrumental de las herramientas. Ser competente en el
mundo digital implica también saber identificar riesgos, valorar consecuencias,
defender derechos, contrastar información y participar de manera responsable en
los espacios públicos digitales.
El
reto de decidir qué sociedad digital queremos
Europa
se encuentra ante decisiones importantes relacionadas con la regulación
tecnológica, la inteligencia artificial, la protección de datos y derechos, la
calidad de la información, la participación democrática y la sostenibilidad. No
son debates reservados a especialistas. Las decisiones que se adopten afectarán
a nuestra vida cotidiana y al modelo de sociedad en el que vivirán las próximas
generaciones.
Por
eso considero especialmente importante generar espacios educativos en los que
las personas jóvenes puedan comprender estos procesos y sentirse capaces de
intervenir en ellos.
La
educación no puede limitarse a preparar a las personas para adaptarse a un
mundo que ya está decidido. También debe proporcionarles herramientas para
preguntar qué mundo quieren construir y qué papel quieren desempeñar en él.
Ese
es, en buena medida, el sentido de Ir contra la corriente: pasar de la
inercia digital a una ciudadanía activa. No se trata de rechazar la tecnología
ni de adoptar una mirada negativa sobre la transformación digital. Se trata de
recuperar nuestra capacidad para decidir, deliberar y participar.
Desde
la Fundación CIVES creemos que educar para la ciudadanía digital democrática
significa precisamente eso: formar personas capaces de desenvolverse en los
entornos digitales, pero también de comprenderlos críticamente, defender sus
derechos y contribuir a transformarlos.
Porque
educar para la ciudadanía digital no consiste únicamente en aprender a utilizar
tecnologías. Consiste, sobre todo, en aprender a ejercer la libertad, la
responsabilidad y la participación democrática en un mundo cada vez más
digitalizado.
Por
Paula Alvira Rosende, coordinadora del proyecto DIYW-ROAD en la Fundación CIVES
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